¿Por qué nos gusta tanto la Strade Bianche?

Nos hace sentir que el ciclismo épico, el de chichonera y hierro sigue exisitiendo

Caminos de tierra. Polvo en la cara. Gafas, si aún alguno las lleva en meta, empañadas de esa arena que ensuciaba nuestros pantalones cuando montabamos de niños en bicicleta por el pueblo. Reminiscencias a la niñez. Eso es lo que nos gusta tanto de la Strade Bianche.

Una carrera que nos genera ese deseo de montar en bicicleta por esos caminos de tierra. Como cuando tu padre te llevaba con tus primos en bici al pueblo de al lado. Con sol, barro y muchos bichos. A veces hasta te picaba una avispa. Pero no te importaba porque de consuelo tenías ese bocata de salchichón para coger fuerzas.

Y por aquel entonces vestíamos de Kelme y Banesto, y los más nostálgicos, de BIC o Caja Madrid. Sintiéndonos ciclistas de verdad, aunque tu bicicleta pesase cerca de los 20 kilos. Como los que corren la Strade Bianche. Que aunque salgan de Siena y lleguen también a Siena, tienen que ir por caminos como los de nuestra infancia.

Y nos hacen sentir que el ciclismo épico, el de chichonera y hierro, sigue existiendo. Porque aunque tengan materiales de carbono y cuiden hasta el máximo detalle, no es raro ver a los ciclistas tirados en un camino de tierra quitando su rueda y arreglando el cambio. Como en los años 50, donde los coches de equipo apenas podían llegar a la altura del ciclista por culpa de los tortuosos caminos que se recorrían.

Y así es la Strade Bianche. Un pequeño oasis del ciclismo de antaño. Donde no hay favoritos. Donde puede ganar un clasicómano, un escalador o un vueltómano. Porque aquí no importa la especialidad de cada uno, si no las fuerzas que tengan. Como los Criterium de antaño.
Y como ese niño que montaba con su padre, los últimos kilómetros se hacían eternos. Los hace desfallecido y jurando no volver a ser engañado por esos paseos en bici que al final sentía que eran tan agotadores como correr el Tour de Francia. Como la subida final a Siena. Cuando las fuerzas escasean y la pendientes se ponen más duras, el ciclista se replantea si ser ciclista merece la pena. Sentimiento que se desvanece cuando cruza la meta en la plaza de Siena y es ovacionado por la multitud que, como ocurría en los años 50 en Italia, rompe de alegría independientemente de quien llegue a meta primero.

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