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Origen del ciclismo (2ª parte)

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Con el propósito de promocionar su invento, el Baron Drais solicitó una patente de la misma tanto en París como en Viena, pero en París fue un pequeño fracaso pese a su enorme esfuerzo en la demostración de la Draisiana y en Viena le fue denegada. No obstante, en 1818, las Draisianas ya eran una adquisición habitual entre las clases nobles adineradas de Europa siendo este hecho una gran ventaja para seguir promocionando su venta. Poseían una Draisiana, el gran duque de Sajonia-Weimar, el duque de Gotha, el conde de Lindau, el conde Starszensky de Praga y el conde Reuttner de Weil, entre otros aristócratas.
El Baron Drais ya tenía en su poder la patente de inventor de la Draisiana teniendo toda protección legal contra la venta de imitaciones de su velocípedo en los territorios del Gran Duque de Baden, Prusia y Baviera. Para obtener la patente francesa, recurrió al abogado L.J.Dineur que presentó en el Ministerio del Interior galo la petición de una patente de importación por 5 años para una máquina denominada velocípedo e inesperadamente, el procedimiento fue rapidísimo. A mediados de febrero de 1818 le fue concedida la patente, tras la aprobación favorable del Comité Consultivo de Artes y Manufacturas de París. Poco tiempo después, la prensa francesa en distintos diarios publicó el invento del Baron Drais alternándose la denominación de la maquina como velocípedo, mas sabia y expresiva, o draisiana, que consideraban vulgar. Este nuevo artilugio era un juguete para reyes, príncipes, burgueses e inaccesible para el resto de la población.
Durante la primavera de 1818, se empezaron a celebrar las primeras carreras de velocípedos o draisianas en París y consistían en recorrer 600 metros en menos de tres minutos. En torno a 4000 personas/espectadores presenciaron la novedosa carrera pero como era esperable, abundaron las críticas, con escepticismo y buen humor. Se consideraba que esta máquina no tenía una utilidad real y que solo servía para andar por los caminos de un jardín bien cuidado porque con el mínimo bache, el conductor debía detenerse. Además, generaba un enorme desgaste en la suela de los zapatos.Sin embargo, la recaudación obtenida de las entradas de la carrera fue exitosa para el momento (1 franco y 50 céntimos para los caballeros, 1 franco para las damas y 50 céntimos para los niños menores de 12 años).
De esta forma, el Baron Drais añadió algunas mejoras como el asiento regulable en altura, un porta-abrigos, llantas de acero y una especie de cuerda para accionar el freno, que estaba fijada sobre la plancha que servía de balancín. La rueda trasera tenía 67 cm de diámetro más 7 radios y la delantera 65 cm de diámetro y logro rebajar un poco el peso que quedaría entre 17 y 22 kgs. Los pedales llegarían más tarde.
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