OPINIÓN | Julian Alaphilippe, premio a la emoción y el espectáculo

Ahí va el francés, sin miedo, inconsciente ante el peligro en un descenso que por un momento nos temimos que podía acabar como el de Roger Riviere. Por suerte no era el triste y apagado Col Du Perjuret, sino el Galibier, gigante que tantas y tantas tardes de emoción y espectáculo nos ha brindado en sus duras y peliagudas rampas, y en las que Alaphilippe coronó a más de 30 segundos de aquellos que, sin esperarlo, se encontraban atacando una y otra vez al maillot amarillo que, fuera de toda lógica, se encontraba incrustado en el torso de un invitado inesperado.

En el torso de un francés, pero no en el de Romain Bardet, que desconectó de la general antes de que el Tour diese el pistoletazo de salida. Ni de Thibaut Pinot, elegante y valiente en la batalla de la que salió victorioso en los Pirineos, pero desafortunado y maldito, como viene siendo ya costumbre, en los Alpes.

El maillot amarillo se encontraba sostenido por el delgado y eléctrico cuerpo de Julian Alaphilippe.  El joven que un día decidió que su camino no estaba destinado a luchar por las clasificaciones generales, si no que su talento, rebosante a raudales, tenía que ser patrimonio del aficionado al ciclismo. Aquel que se levanta a las 5 de la mañana y pone rumbo al Col du Tourmalet para coger sitio y ver cómo ante toda ley física un loco bajito, con un bigote más bien propiedad de Maurice Garin, decide aguantar con las pocas fuerzas que le quedan, y sin compañero alguno que le pueda dar siquiera un sorbo de agua, las innumerables embestidas del selecto grupo de favoritos que, etapa a etapa, se les va cayendo la máscara de líder.

Día salvado, día de celebración. Da igual que no se descanse los minutos y segundos que la medicina obliga a descansar si quieres ganar un Tour de Francia. Lo importante pasa por estar con el aficionado, sin importar que al día siguiente pueda perder el maillot amarillo. Porque él ya lo ha honrado mucho más que algún que otro ganador que, ambicioso en el intento de vestir de amarillo, se pasó de la raya.

Y como era de esperar, finalmente el amarillo fue desposeído del pecho de Julian Alaphilippe. Su cuerpo retorciéndose en el l´Iseran, zarandeándose sobre la bicicleta como lo hacen los prisioneros que son atrapados en una guerra conscientes de que su muerte está cerca. Consciente de que el tirano es tan cruel que le hará sufrir en cada uno de los metros que queden hasta llegar a París. Porque así es este deporte, el cuál nació para entretener al hombre con historias de mitos y leyendas disfrazados de ciclistas enfrentándose a ellos mismos ante un destino que no se puede cambiar, y que tarde o temprano te golpea. Pero puedes frustrarte ante la vida, o sonreírla como hizo Julian Alaphilippe cuando tuvo que entregarle el maillot amarillo a Egan Bernal.

 

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