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Roger Riviére, el campeón que pudo ser y acabó en silla de ruedas

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Con la soledad que caracteriza a los grandes campeones de este deporte, con el drama y la oscuridad que han cubierto tantos y tantos capítulos de los mejores ciclistas de la historia, porque no hay campeón sin una historia detrás que contar, porque la crueldad del destino va unido a la gloria que ganaron en las carreteras, salvo para Eddy Merckx, a él todo le sonrió.

Pero hoy no es el día de hablar del Caníbal, hoy estas palabras son para Roger Rivére, el campeón que se estaba forjando en Francia en los años 60. El sucesor de Louison Bobet. La promesa que un día se truncó en un maldito descenso, en la Col du Perjuret, inédito hasta entonces en el Tour de Francia, y que desde ese trágico día solamente se volvió a cruzar una vez más, en 1987. De paso. Sin quererle darle importancia, o quizás evitando el mal recuerdo que se tiene de aquel puerto, ya condenado al ostracismo.

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Corrían los últimos compases de los años 50. La montaña era terreno de Bahamontes. Nadie subía mejor y más rápido que él. El águila de Toledo martirizaba a todos cuando la carretera se empinaba. Solo su miedo a los descensos podían pararle a él, y a su palmarés. Hasta que en el 59 decidió cambiar el maillot de lunares por el amarillo, no sin sufrimiento, no sin que Henri Anglade y Jacques Anquetil le apretaran las clavijas y le hicieran sudar hasta la última gota. Pero si hubo un corredor que le derrotó en las dos ocasiones que se enfrentaron en aquel Tour de Francia fue Roger Riviére. La promesa francesa, campeón del mundo en persecución a los 23 años, le dio un severo correctivo al toledano contra el crono. Ya se podía vislumbrar la calidad de Riviére, ya se podía intuir que ese golpe de pedal, dictatorial y agresivo, como el de Ferdi Kübler, no era fruto de la casualidad. Sin duda Roger Riviére era un gran campeón.

Pero como todo gran campeón, el francés necesitaba un año para romper el hielo, y más en una carrera como el Tour de Francia, y en aquella época donde se corría por naciones, donde no había un líder claro, como en el país galo, que a priori parecían acatar órdenes de Henri Anglade hasta la sexta etapa de aquella Grande Boucle de 1960.

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Riviére, desafiante, rechazando su rol de gregario respecto a su compatriota Henri Anglade, aprovechó que tres galgos como Gastone Nencini, Jan Adriaenssens y Hans Junkermann encendieron la mecha en una jornada que se recordará por la incoherencia que transmitió el equipo francés. En la escapada Roger Riviére tiraba como un caballo de carreras, como si de una contrarreloj se tratase. Por detrás, Anglade puso a sus compañeros a tirar para evitar que esos cuatro corredores le arrebataran sus posibilidades de ganar aquel Tour, más cuando hasta entonces él era el portador del maillot amarillo, él era el máximo favorito a imponerse en París.

Los kilómetros pasaban, Riviére daba relevos infinitos, parecía que no corría para ganar, sino para derrotar a su líder Henri Anglade. Quería demostrar que él ya era suficientemente grande como para acatar las decisiones de un compañero que nunca pudo ganar un Tour de Francia. Y así fue, le hizo el trabajo sucio a sus tres compañeros de fuga con los que se jugaría la victoria de etapa y la clasificación general. En meta, la furia de Roger fue suficiente para imponerse en un sprint que no tuvo historia, un sprint que fotografió la ambición del joven francés y las ganas de romper con lo establecido, un sprint que quedó en segundo plano.

El tiempo en meta se disparó a los 14 minutos respecto al pelotón. Cuando llegó Anglade a meta la imagen hablaba por sí sola. Francia se había dividido en dos, como ocurrió más tarde con Poulidor y Anquetil. Los que hablaban de traición y los que alababan la valentía y la calidad de Roger. Los periódicos franceses también tomaron parte del enfrentamiento y titularon la hazaña como “Traicionera”. La tensión se podía palpar en el hotel del equipo francés. Nadie quiso hablar en la cena sobre lo que había pasado, Roger y Anglade no querían cruzar miradas, porque si en ese momento Henri hubiese dicho lo que pensaba, nada bonito habría salido de su boca.

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Ese fue el ambiente al que se tuvo que enfrentar Roger durante aquel Tour. Menos mal que Riviére tuvo en su compañero de equipo Louis Rostollan algo más que un gregario, un amigo al que confiarle todos sus secretos, como el ataque que tenía pensado hacer en Pau buscando vestirse de amarillo. Un triunfo que engordaba un poco más el palmarés del francés, y que destapó que tanto él como Gastone Nencini eran los dos corredores más fuertes de aquella edición. Solamente un minuto y 38 segundos les separaban, hasta aquella maldita 14ª etapa que apartaría para siempre a Riviére de lo que más amaba, la bicicleta.

Ese día hacía sol. La temperatura era idónea. Sin viento. Todo lo que podía pedir un pelotón magullado y cansado tras 14 días de puro sufrimiento. La carrera llegaba a la Col Du Perjuret, un puerto donde no se esperaba ningún ataque. Juntos y controlándose, como en cualquier otro puerto, hasta que llegó aquel maldito descenso. Riviére coronó detrás del líder, seguía su rueda, no quería dejarle ningún metro. No quería sorpresas. El descenso seguía su guión, un par de minutos de tensión y pronto de nuevo a pedalear en el llano, pero la ambición de Roger le llevó a cometer un error que marcaría toda su vida. Apuraba cada vez más en las curvas hasta que en uno de esos giros su rueda trasera se bloqueó, su trayectoria se desvió lo suficientemente como para no poder salvar un trompazo que le mandó al precipicio, a un hoyo a 20 metros de profundidad, donde le esperaban unas puntiagudas rocas que le fracturaron la columna vertebral en mil pedazos.

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El francés se encontraba tirado en aquel precipicio. Inmóvil. Sin ningún tipo de información médica que quitase la angustia de aquel momento tan terrible, que por los lloros de su compañero y amigo Louise Rostollan se intuían que el drama era real. Roger Riviére ya no volvería a montar en bici. Ya no volvería andar, quedó inválido, parapléjico de por vida. Desterrado a una silla de ruedas que le acabaría matando la cabeza. Una angustia que no pudo superar nunca, hasta que a los 40 años de edad falleció sumido en una inmensa tristeza que le fue matando poco a poco. El campeón que pudo ser y que acabó en silla de ruedas.

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About Alejandro Rodrigo Rodríguez (1202 Articles)
Creador y director de demarrajeweb.com / Estudiante de cuarto curso de Periodismo y Comunicación Audiovisual / Community Manager / Amante del ciclismo /

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