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El Giro de Italia y la unión del pueblo italiano

Fausto Coppy y Gino Bartali en el Giro de 1949

“¿Por qué hoy no me llevas al colegio?”, le espeta un pequeño de 9 años a su abuelo.  “Hoy es un día especial. Hoy el Giro de Italia pasa por nuestra ciudad, y cuando eso pasa los niños no van al colegio. Los niños tienen que salir a la calle a animar a los ciclistas”, le contesta su abuelo Dino que, agarrándole de la mano, se dirigen juntos hacia a la Piazza del Duommo, en Milán.

Y no sabemos que es lo que más le impresionó al pequeño Buzzati. Si fue la inmensidad del Duommo, la clase y elegancia que desprendía ya por 1971 un tal Felice y su maillot azul turquesa, o la cantidad de gente que se acercaba a su abuelo Dino para pedirle un autógrafo. Y es que cabe recordar que el abuelo del pequeño Buzzati era periodista y escritor, concretamente uno de los mejores de Italia. El deporte no le apasionaba, y seguramente el ciclismo fuese de lo último que le hubiese gustado escribir. Pero el Giro de Italia… El Giro de Italia es más que deporte, es un símbolo de unión y de orgullo para los italianos. Y eso, lo sabía muy bien Dino Buzzati que, sin saber nada de ciclismo, decidió aportar su imaginación literaria a la Corsa Rosa. Exactamente a la edición de 1949.

Una edición con un toque distinto. El Giro bajaba al sur, no lo hacía desde hacía mucho tiempo, el país estaba destrozado por las consecuencias de perder la II Guerra Mundial, y la tensión que se vivía en las calles era insostenible. El país estaba a punto de vivir una guerra civil. Y es que a diferencia de lo que pasaba en Francia, la bicicleta en Italia no era para los burgueses, sino para el obrero. El pobre que no podía tener un automovil. Por eso el público italiano, devastado de la guerra, se sentía atraído y reflejado en aquellos locos que se enmarcaban en un viaje por toda Italia.

Y ahí estaba el Giro de Italia. Un armisticio que en forma de carrera consiguió volver a poner el color rosa a unas calles que veían como el hambre y la penuria se estaban apoderando de los estómagos de los italianos. Y en ese ambiente tan complicado surgen dos figuras por encima de todo, la de Gino Bartali y la de Fausto Coppi. Dos hombres muy distintos, dos formas de ver el ciclismo y la vida. La tradición de Bartali y el rupturismo de Coppi. Dos Italias enfrentadas, que unos meses después pactarían la tregua con una foto simbólica e histórica. Pero eso sería en el Tour de Francia unos meses después.

En Italia las hostilidades ciclistas se estaban dando. Coppi, más joven que su rival, no escala por el Pordoi, baila sobre sus pedaladas al ritmo que suena la música que oye en su interior. Mientras, Gino Bartali sufre el castigo de la modernidad y la ruptura de lo antiguo. Como escribiese Dino Buzzati “Bartali lleva en sí, como Héctor, el drama del hombre vencido por los dioses. Hoy, por primera vez, Bartali ha entendido que ha llegado el ocaso”.

Una derrota que Bartali aceptó, al cual injustamente le etiquetaron como el corredor de Mussolini. Y este lo detestaba. Ejemplo de ello fue su histórica gesta salvando más de 800 vidas judías que iban a ser aniquiladas en los campos de concentración. Pero esa es otra historia.  Por eso, esa forma de aceptar que los tiempos cambian fue clave para que Italia entendiese que, si la tradición como representaba Bartali, dejaba paso a la modernidad y el progreso, olvidando y enterrando lo que fue el fascismo, los dos bandos podrían entenderse.

“Abuelo, la gente no para de saludarte. Eres tan o más famoso que los ciclistas”, le exclamaba asombrado el pequeño Buzzati a su abuelo. A esto que un señor mayor que su abuelo se acercó al oído del joven y le susurró. “Italia no sería Italia sin el Giro, pero el Giro no sería lo que es ahora sin tu abuelo. Las gestas de Gino Bartali y Fausto Coppi estarían huérfanas si tu abuelo no las hubiese escrito”.

Y así es como abuelo y nieto se marcharon juntos a ver el último día de aquel Giro de Italia. Eso sí, el niño aprendió aquel día lo que significa el Giro de Italia.

 

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